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A Friendship Blooms

2

…Así era. Así estaba siendo su vida.

Estrés. Estrés por doquier… Y para colmo… Para colmo… La escuela.

Sí, la escuela. Ese otro factor de estresor. Porque así lo era, ¿verdad? Deberes para hacer en casa, varias horas metida en un aula… Y a la tarde, sus clases particulares de todo tipo…

…Pues no. No, no era del todo así.
¿Por qué? Porque gracias a esta parte de su día a día, pudo conocer a una persona que le iba a suponer el punto de inflexión para su atareada vida.

Al terminar el primer día de escuela y de vuelta a su casa en Giethoorn; etapa de su sexto año de vida en la cual siquiera acababa de empezar con las cuantiosas clases particulares de todo tipo; su padre y ella resultaron encontrarse con una niña de cabellos cortos y rosáceos de la misma edad que Iris y que volvía del mismo colegio de Zwolle...

Dahlia van Bloem iba acompañada también de su padre, quien no mostró mucho signo de amabilidad al toparse con Iris y su propio padre. Pero la alegre muchachita pelirrosa, en cambio, sí que mostró una enérgica felicidad hacia Iris al percatarse de que esta volvía del mismo colegio que ella a la misma hora; y no solo eso, sino que también estaba tomando su mismo camino de vuelta… ¡En Giethoorn! Las dos habían tomado el mismo bus de vuelta desde Zwolle, habían avanzado por el mismo paso y los mismos canales, y estaban llegando a la misma zona de aquel pueblecito sin carreteras. ¡Resultaba que Dahlia vivía en la próxima casita de techo de paja más cercana a la suya propia!

…De esta forma fue como conoció a la que sería una gran compañera a partir de ahí. Con Dahlia jugaba en los recreos y en las calles a dibujar con tiza en el suelo de piedra. Con ella reía, con ella disfrutaba… Con ella vivía. De ahí que fuera el punto de inflexión a todo lo que suponían las estresantes actividades a las que era prácticamente sometida, por fuerte que suene, por parte de su madre y de su padrastro que querían sacar el mayor prodigio de ella.

Esa niña, Dahlia, con el tiempo empezó a frecuentar la hospitalidad del hogar de Iris. ¿No podía ser esto mejor? ¡Ahora la veía casi todos los días y podía jugar con ella! Tenía la suerte de ir a su mismo colegio, de volver con ella de las clases, y además, de vivir tan cerquita de su vivienda. Lo curioso es que Iris nunca entró a la casa de Dahlia… Cuando, en contraste, Dahlia se pasaba mucho más tiempo en casa de Iris que en la suya propia.

…Al menos era así, hasta que a Iris le llegaba la mala noticia de… Las horas que eran.

❝¡Iris! ¡Son las 18:31! ¡Venga, llegarás tarde!❞

“…Lo siento Dahlia, tengo que irme a clases de harpa…”

En ese momento terminaba la diversión en la que se estuvieran viendo enzarzadas Iris y Dahlia y, quizás también, el hermanastro de la peliazul, pues a veces las acompañaba en sus juegos como buen hermano mayor. En esos momentos Dahlia tenía que abandonar la casa y volver a la suya, pues sus padres debían llevarla a la ciudad a que asistiera a las clases de harpa, alemán, chino, canto o ballet… Lo que tocase ese día.

Como bien se ha podido mencionar previamente, Iris disfrutaba haciendo varias de esas actividades… Pero eso no quiere decir que no la estresara no poder estar con la que ya era su mejor amiga por más tiempo. No tenía espacio para respirar. Solo… Solo podía respirar cuando estaba con aquella niña tan risueña y encantada de jugar, pintar o dibujar con ella.

…Y cuando estaba con Luther.

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