
1. Retazos del quinto Abril.
“Eh… Eh…
¿Ves eso, Sissie?”
Cinco años pasaron desde ese fatídico nacimiento que trajo consigo enfermedad. La pequeña afectada caminaba, con una prominente escayola blanca en el brazo derecho, tomada de la manita izquierda por su abuela Karari.
–Sissie: “¿Q-q-q-qué, Kariri?”
La mujer mayor le reprochó, dando con la palma de su mano sobrante un ligero toque sobre el dorso de la mano izquierda de la pequeña pelirroja, esas palabras que tan mal sonaron a partes iguales.
–Sissie: “¡Ay!”
–Karari: “Vamos, Sissie, no hay que ser tan quejicas. No te he dado tan fuerte”.
A pesar de que acababa de efectuar un castigo hacia la niña con ese golpecito, con ese ligero toque de atención… La mayor de canos cabellos, rígidas arrugas y tez morena y curtida. Hablaba con suma dulzura a aquella desaliñada niña cuya melena tanta caspa soltaba a su paso.
–Karari: “Primero: Recuerda que el tartamudeo es un gran enemigo. ¿No te pago yo un logopeda para corregir eso tan feo? Piensa que, algún día, tú misma hablarás con los mandamases de los más hermosos y recónditos parajes del mundo… Deberás hablarles bien, con firmeza y respeto… Serás la voz del honor y la gloria de Vartalia… ¿Lo entiendes?”
–Sissie: “…”
Midió sus palabras antes de responder. O más bien, las adoptó con cuidado para luego soltarlas…
–Sissie: “Sí, abu…”
–Karari: “Muy bien. Y segundo: ¿Cómo se llama tu abu?”
–Sissie: “Kariri.”
–Karari: “Error.”
–Sissie: “¡Ah! Karari…”
–Karari: “¿Tan poco le quieres a tu abuela que no sabes ni decir bien su nombre?”
Directa y tajante era la actual gobernadora de Vartalia, casi tanto como bondadosa, extrovertida y campechana. Demostró esto último con un sonoro carcajeo. Sissie, de personalidad tan frágil como su propio cuerpo literal a esa temprana edad, no lo tomó tan bien en cambio. Y por eso se mostró el resto del camino alicaída. Pero Karari ya conocía a su tan amada nieta; por ello no corrigió su actitud. Mientras no tartamudease…
–Karari: “Ah, hemos llegado, mi pequeño prisma.”
–Sissie: “¿Este es el Lago de Sangre de Unicornio?”
–Karari: “Así es. Anda, ven conmigo, acércate…”
Tiró con cuidado de la niña de huesos de cristal hasta la orilla del lago. Ahí, ambas se arrodillaron. Era el momento.
–Karari: “Venga, mete la escayola ahí.”
–Sissie: “Pero…”
–Karari: “Adelante.”
–Sissie: “Inga dice que si mojo la escayola…”
–Karari: “Hazle caso a la Kvartiss.”
Solo le hizo falta implorar aquello para que la casposa pelirroja al fin accediera. Tuvo varios segundos la escayola ahí metida. Hasta que la susodicha Kvartiss le hizo un gesto a su nieta para que levantara el brazo. Al alzarlo, la mujer inspeccionó la escayola…
–Karari: “Dime prisma, ¿te sigue doliendo?”
–Sissie: “S-sí…”
–Karari: “…”
–Sissie: “Sí.”
–Karari: “Ah…” Se incorporó junto a la niña. “Muy bien.”
Eso no salió como ella esperaba. Según la leyenda… La sangre de unicornio… Si eso era realmente la sangre de un unicornio, claro…
Pero, al alzar la vista y mirar alrededor, la gobernadora de Vartalia presenció lo que sería un regalo para sus ojos. Y para su nieta.
Un unicornio se había acercado al lugar.
–Karari: “Oh…”
Sonrisa de oreja a oreja. Con un ligero “vamos”, fue junto a la niña hacia ese animal salvaje. Sissie tenía miedo. ¿Por qué se acercaban a eso…? ¿Y si le hacía daño?
–Karari: “No te hará daño. Mira, ni siquiera se ha movido de su sitio aunque estemos caminando hacia él.”
–Sissie: “Por eso… Me va a hacer daño y por eso se queda…”
–Karari: “¡Qué bien! Has dicho todo eso sin tartamudear.”
Premió la mayor a la menor, en parte para avivar ese comportamiento tan benigno, en parte para cambiar de tema. La pequeña se quedó contentada con aquello, hasta el punto de no darse cuenta… De que ya tenía ante ella al unicornio. La Kvartiss empezó taimadamente a acicalar la crin del animal; un paso en falso, y… Ese cuerno tan característico del animal era peligroso, sí. Pero este pareció rendirse, en cierto modo, a la gobernadora de Vartalia. Y ahí lo tenía. Con gentileza, presionó la crin del cuello del animal para que este bajase la testa, en dirección a la niñita.
–Sissie: “Eeeeeeh…”
–Karari: “No tengas miedo, Sissie. Los unicornios son tus aliados.”
–Sissie: “Ah…”
–Karari: “Vamos, alza la mano y acariciale. Es suaaave… Y ¡bonito! ¿No crees?”
–Sissie: “Sí… Muy bonito…”
Expuso una leve sonrisa la menor ante ese pensamiento, y se dignó a soltar la mano de su abu para-…
–Karari: “No. Con la otra mano.”
–Sissie: “¿Eh? Pero abu esa pesa…”
–Karari: “Por favor pequeño prisma haz el esfuerzo…”
Lo haría. Por supuesto que lo haría. A pesar de su miedo, a pesar de su fragilidad, siempre haría caso a su amada abuela. Y por eso tenía una escayola en el brazo derecho y una de las piernas también vendada llegando a la altura de la nalga.
Levantó la mano, tratando de ignorar el peso añadido de la escayola razón por la cual tanto le costaba mover ese brazo. Fue a tocar la cabeza del animal. Este se dejó, y la sensación que pudo sentir la niña de cristal… Qué suave, qué…
De pronto, el unicornio echó la cabeza hacia atrás y cargó con un cabezazo... contra la niña.
–Sissie: “¡¡AH!!”
–Karari: “¡SISSIE!”
No. Un simple cabezazo que pudiera tirar al suelo a Sissie, supondría varios huesos rotos, o incluso… No, no…
Pero la niña terminó por mantener el equilibrio bien, tal como le enseñaron. Era muy hábil para mantener bien el equilibrio en situaciones así. ¿Cómo, si no, podría sobrevivir…? Tras el susto, se paró en seco. Ya un par de lagrimitas asomaban salientes de sus aparatos lagrimales. Le dolía algo. ¿Qué era…? La yema del dedo.
–Karari: “¡Sissie! ¡¡Sissie!! ¿¡Estás bien!?”
–Sissie: “Me duele un dedo…”
–Karari: “Por el amor de todo no debí hacer esto no debí aproximarte a… ¿Qué? ¿Un dedo?”
Inmediatamente inspeccionaron ambas de qué se trataba. El dedo índice de su mano derecha del brazo escayolado, estaba sangrando. Esto provocó más llanto inminente en la frágil niñita. Karari, en cambio, estaba feliz de que el cuerno de ese animal salvaje no hubiese intentado perforar zonas más vitales. Por lo visto, como se dice, la cornamenta del unicornio solo rozó la yema del dedo de la niña, en lugar de embestir directamente contra el cuerpo para empujarla o directamente perforarla...
–Karari: “Vaya, qué suerte que haya dado solo en… ¿?”
Mientras hablaba, una gota de sangre comenzaría a caer de la herida. Pero, de pronto… Esa misma gota de sangre comenzó a subir por donde había venido. Hasta meterse dentro de la herida. Hasta no volver. Hasta cerrar esa pequeña grieta que se formó en la piel de esa yema de dedo. ¿Qué demonios…? Tanto Karari como Sissie tuvieron que parpadear varias veces para asimilar lo que acababa de suceder. ¿Se había… Curado…? ¿La heridita ya no estaba?
Y, para poner una guinda al pastel, la pequeña infanta de cinco años espetó algo en un tenue susurro segundos después de haber contemplado cómo su herida se cerraba:
—Sissie: “Ya no me duele el brazo…”
Mostró de pronto una inmensa expresión de felicidad.
–Karari: “E-esto es… Maravilloso, cariño…”
–Sissie: “Abu no tartamudees.”
La sonrisa se ampliaba por momentos.
–Sissie: “¡Pienso contarle esto a Toof, a Drak, a Bog y a Ardevol!”
–Karari: “…Sí, bueno, está bien, cuéntales esto a tus amigos en cuanto volvamos a casa. Pero ahora, por favor, tómate la leche…”
Sacó de su petate una botella de cristal que contenía leche y se lo entregó, ya abierto, a la niña. La Kvartiss no dejó de temer en cuanto a cierto pensamiento mientras volvían a casa... Referente a aquel cuerno de unicornio que llegó a tocar la piel de su querida nieta.
