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2. Once años después. El día de la verdad.

Una chica de dieciséis años bonita, agraciada, aún en la edad de crecimiento. Aunque seguía tan enfermiza y tan llena de caspa como en su infancia. Vivía alegre aunque cautelosa en una vida hecha de cristal, una vida tan abastecida y llena de esencia como una de las mejores copas del comensal llena del mejor vino, aunque fuera tan fácil acabar con esta, como un ligero gesto de muñeca para que la copa se cayera, se rompiera en mil pedazos, y derramase todo ese delicioso vino.

 

Ese día llevaba puesta su “ropa de calle”, nada de esos ostentosos vestidos que le hacían llevar cuando iba a lugares importantes a los que asistía de vez en cuando a la fuerza. Estaba esta muchacha con sus cuatro mejores amigos: Toof, el menor de todos; Bog, regordete y bonachón; Drak, terco y valiente; y Ardevol, el mayor y más alto de todos, y más astuto, hermano de Toof. Sissie le llamaba, en broma, “fideito” a este último por su complexión. Le estaban contando sus últimas hazañas en el extranjero… Esa palabra estaba en boca de todo Vartalia últimamente. Los cuatro amigos salieron a intentar ganarse la vida como aventureros, o concretamente como cazadores de dragones. Y Sissie no se lo podía creer… ¡Los chicos le enseñaron una escama de dragón! Blanca, y tan grande como su cabeza, prueba de que habían logrado lo que se propusieron. ¿Así que aventuras…? ¿Y eran tan magníficas como ellos contaban? A ese paso, ella también querría probar… ¡Ahora todos y cada uno de ellos podrían ganarse algún dinero vendiendo esa escama con el que poder ayudar a sus familias!

Pero. . . "Sissie, queremos dártelo a ti". No, no, ni por asomo. Debían venderlo... Conseguir dinero y ayudar a sus familias... Era lo que se propusieron. "..." Al parecer no se iban a rendir. En ese caso, Sissie les propuso que le podrían regalar esa gran escama, pero con una condición: Que aceptasen ellos un regalo monetario por su parte. Uno grande. "¡Esos no son regalos! ¡Es una compra y venta!" Todos rieron, pues era obvio que era eso lo que la pelirroja llena de caspa planeaba. "A nosotros nos vas a engañar... ¡Sí, hombre!"

 

Riendo y hablando de sus cosas se encontraban hasta que la Kvartiss se acercó a su pequeño grupo. Y reclamó a la que dentro de dos años sería gobernadora de Vartalia: Sissie. “Ven conmigo”, imperó Karari Bergström a su nieta en un tono demasiado seco, demasiado serio, para venir de la dicharachera y campechana Karari. “Hay un asunto del que debemos hablar. Ese asunto tiene por apellido Hornhold.”

 

No le importó que ese apellido fuera escuchado por toda la pandilla y que sus caras de horror salieran a la luz. Sissie Bergström, tan insegura como lo era en su personalidad habitual solo que de forma más acentuada, se acercó a donde su “abu”. Ambas fueron caminando al lugar preferido de ambas, en un bosque cercano al Claustro de Cristal, su hogar. Un pequeño bosque en el cual se hallaba un lago bastante parecido al Lago de Sangre de Unicornio, solo que en miniatura, y… Siendo un lago convencional.

 

Allí podrían hablar más en privado y sin el peligro de posibles espías ocultos en las salas del Claustro de Cristal, tal como sospechaba la Kvartiss. Así pues, Karari procedió a informar a su nieta acerca de la situación con esa familia a la que era perteneciente su mismísima madre:

 

“Kaira, la muy zorra… Su familia le puso un nombre parecido al mío para que mi querido hijo se embobase por ella. ¡Menudo truco más malo! Por favor. ¡Y lo peor es que el muy idiota cayó…! Bah.”

 

Otra vez esa historia. Pero esta vez, esa historia tenía un ligero cambio de entonación. Fue entonces cuando comenzó a hablarle sobre los verdaderos problemas: La familia Hornhold planeaba secretamente un asalto al Claustro de Cristal. Hacerse con él, y apartar definitivamente a la familia Bergström del mandato que durante tantos siglos llevaron en su espalda allá, en Vartalia. Y lo querían hacer ahora que las dos últimas ramas de la estirpe estaban tan… “débiles”. Tanto por Sissie Bergström por su enfermedad, como por la gran Karari Bergström por poner todas sus fuerzas y empeño en proteger a su amada nieta. Eran frágiles, eran pequeñas; y Kaira Hornhold, a la cual se le privó la oportunidad de gobernar cuando su esposo murió y cuando Karari llegó para llevarse a Sissie, lo sabía con creces.

 

…Toda conversación o plan que ambas Bergström pudieran llevar a cabo, se vio tan fácilmente quebrado como cualquier hueso de la adolescente. Alguien rondaba los alrededores de ellas dos en ese bosque. “¡Quién anda ahí!” Imploró la Kvartiss de Vartalia. Pero nadie respondió a la llamada de Karari, claro. Y de pronto…

 

Una flecha.

 

                ¡. . .!

 

Perforando una piel. Unos músculos. Un corazón.

 

Los ojos de la anciana Bergström quedaron ampliados ante lo que ella estaba… sintiendo. Que era un corazón dejando de latir. “¿Abu…?” Pudo escuchar. Alguien la reclamaba. Miró, en su último aliento, a su izquierda; al semblante de la frágil Sissie Bergström.

 

                “El cristal… Cuando se quiebra… Corta”.

 

Fue lo último que espetó antes de caer, muerta, al suelo de bruces.

 

Puro pánico era lo que el rostro de esa ya de por sí temerosa e insegura muchacha gritaba. Desde detrás de los árboles de aquellos alrededores, hombres armados comenzaron a aparecer. Pistolas, arcos, espadas, hachas. Cotas de cuero. Y ninguno utilizó sus armas con la de huesos de cristal, aquella portadora de la Condena de Berg.

 

Y de entre las sombras apareció una figura. Una figura que no veía desde hace dieciséis años, por lo que no le sonaba casi de nada. Casi…

 

“¿Madre…?”

 

¿Cómo lo supo? Simplemente, así fue. Esta se impresionó, pero no por ello dejó de avanzar con una daga hecha de cuarzo en su mano, punzante. Tenía el cabello castaño y recogido en una larga trenza que caía tras su espalda. Y no llevaba armadura alguna, sino un vestido gris. Como si fuera de… ¿Funeral?

 

¿Qué podía hacer Sissie? Nada. Ya se empezaba a imaginar a qué venía. Ya se empezaba a imaginar qué sería de ella. Acabaría con la última Bergström una vez puso fin a la vida de la renombrable Karari Bergström La Tejedora. Estaba petrificada. Solo podía llorar. Solo sabía llorar. Aprendió a no tartamudear y a tener un equilibrio excelente; pero, de todo lo demás, jamás le enseñaron a defenderse. Pues nunca nunca jamás podría tocar algo tan peligroso como un arma, y porque… Siempre tuvo a su querida abuela a su lado, tan fuerte, tan determinada. Pero abu ya no estaba más.

 

La mujer desdeñada se acercó a la pelirroja casposa. Alzó la daga, y la clavó sobre la espalda de la fallecida Karari. Y, cuando sacó el filo del orificio, otra vez. Y otra vez. Cuánto asco le tenía. Y lo hacía también, en parte, para que fuera lo último que su primogénita viese en vida. Cuando creyó haber tenido suficiente, dirigió la mirada a Sissie. Tan llorona, tan poca cosa, tan frágil… Le repugnaba. Eso no era su hija; eso debió ser sacrificado justo cuando nació, para que la Condena de Berg que yacía en sus huesos de cristal no tuviera oportunidad de existir más. “Vendrás conmigo”. Eso fue lo que Sissie escuchó. Y estas palabras, la madre las acompañó con un brusco movimiento de su mano sobrante, la cual fue a parar a una de las muñecas de la chica. Agarró la misma con fuerza. Tanto, que de pronto se hizo sonoro un astillar, un partir, de un hueso roto. El gran dolor que eso conllevó para Sissie, le nubló la vista a la misma.

 

Y ahí gritó. Gritó con todas sus fuerzas. Un grito el cual acumulaba tipos de dolor. Dolor por sus huesos de cristales rotos allá en la muñeca. Dolor por su abuela, a la única que tuvo como verdadero refugio y en la única persona que realmente confió alguna vez. Dolor por lo deplorable que era ella misma como ser vivo. No se merecía vivir. Gritó, y, sin abrir los ojos en ese grito, algo provocó en el subsuelo.

 

El rostro de Kaira Hornhold fue atravesado, desde el cuello hasta la frente, por algo astilloso. Afilado. Transparente. Y no solo su rostro… El resto del cuerpo también fue perforado por unas enormes púas hechas de cristal de cuarzo, proveniente de la tierra de forma. Fue cosa de un segundo; en ese periodo se alzaron cientos de púas alrededor de Sissie Bergström, los cuales pudieron perforar a su vez veinte cuerpos. Incluyendo el de la ya muerta Karari Bergström. Todos atravesados brutalmente, como mil espadas que se les clavaran a cada soldado y mujer allí presentes aparte de ella, como una trampa mortal diseñada para que cualquiera experimentase la peor de las ejecuciones. Habiendo cumplido su trabajo, esas enormes estacas de cuarzo volvieron al subsuelo con la misma rapidez con la que vinieron. Y cuando todo eso pasó… Sissie abrió los ojos. Lo que presenció, tras unos segundos para poder asimilarlo, le provocó vomitar. Así que así lo hizo, a un lado. ¿Qué…? ¿Qué había pasado ahí?

 

…………

 

[…]

 

Se supo de lo allí acontecido al día siguiente, cuando cuatro exploradores jóvenes fueron en busca de su amiga y la encontraron en aquel bosque con varios huesos rotos. Y… Esa masacre… No sabían a qué se pudo deber, qué fue lo que pasó realmente. Solo Sissie Bergström lo sabía. Porque quizás no lo vio, pero pudo sentir todo ese cuarzo hecho cristal provenir del subsuelo y acudir en su ayuda, cuando más lo necesitaba. De modo que la muchacha no dijo palabra alguna de aquello y fue escoltada por aquellos cuatro amigos suyos hasta su casa, el castillo llamado Claustro de Cristal. Durante el viaje no solo notaba el dolor de esos huesos que se rompió en aquel fatal acontecimiento… También notaba algo en su dedo índice de la mano derecha. Alzó dicho dedo y escrutó el mismo…

 

La yema de ese dedo índice estaba sangrando justo en la punta. Por una diminuta grieta en su piel que le era terriblemente familiar.

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